De palabras y violencias : Sobre conflictos, política, derechos humanos....

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Conflictos sociales

 

CONFLICTOS: ¿SOLO UN COSTO ECONOMICO?

Enlace permanente 2 de Febrero, 2011, 19:24

 

Hace algunos días un medio radial entrevistó al economista Daniel Córdova, candidato al Congreso por la Alianza para el Gran Cambio. En su intervención explicaba las medidas que debían adoptarse para favorecer la rentabilidad empresarial, lo cual a su vez fomentaría la inversión y mantendría los actuales niveles de crecimiento de la economía.

 

En su exposición mencionó que la adecuada resolución de los conflictos sociales, especialmente los asociados a grandes inversiones (minería, hidrocarburos, energía), constituían una acción necesaria para disminuir los costos empresariales. Si no tuvieran que asumir los costos de enfrentar situaciones conflictivas, las empresas serían más rentables y eso, en la lógica planteada por Córdova, sería beneficioso para la economía.

 

Un discurso como este reduce la realidad del conflicto social a un asunto meramente económico, donde el único interés que parece existir es el del inversionista. Al hacerlo, además de invisibilizar a cualquier otro actor, señala que la única acción posible del Estado es favorecer la lógica de acción.

 

Nada se dice sobre la diversidad de intereses alrededor de un conflicto. Todas las otras voces son incluidas en la categoría “costo”, no existen sino como una dificultad a superar, y para ello se cuenta con la ayuda del Estado. Dichas así las cosas, no se le puede pedir a este razonamiento que entienda el conflicto social de otra manera, por ejemplo como una oportunidad para la inclusión, como un espacio que promueva el aprendizaje del diálogo y la tolerancia entre diferentes, en fin, como la posibilidad de fortalecer la vida democrática en el país. Nada de ello.

 

Acaso no deba llamar la atención que un planteamiento como este venga de quienes sostienen intereses económicos, pues finalmente es la defensa de la inversión la que está en juego. Pero la claridad de la apuesta del candidato Córdova – que es posible extender a la alianza a la que pertenece – resulta preocupante por su pretensión de identificar al Estado con esa posición. De este modo, el Estado deja de ser un espacio de lucha y negociación política para convertirse en instrumento de quienes realizan negocios en el país.

 

Esta propuesta representa claramente una continuidad con la forma en la que el actual gobierno se ha conducido ante los conflictos sociales. Y a juzgar por la enorme cantidad de muertos que han quedado en el camino, nada bueno podemos esperar de fórmulas que repiten los fracasos de los últimos años.

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Sobre la gestión de los conflictos sociales en el Perú

Enlace permanente 12 de Septiembre, 2009, 8:27

  El post anterior terminó señalando que una sociedad puede institucionalizar la froma en la que se desarrollan sus conflictos. Esta afirmación vale especialmente para las democracias en tanto ellas admiten, a partir de su carácter pluralista, la posibilidad del disenso. Los autoritarismos, en cambio, tienden a silenciar cualquier voz crítica, inclusive mediante formas represivas extremas.

Interesa aquí resaltar que la vigencia de libertades fundamentales - como la de expresión o la de libre asociación - se comprueba mediante la existencia de formas institucionales concretas. Sin ellas, la formulación de los derechos no deja de ser una declaración lírica. Para la gestión de conflictos se plantea la necesidad de estructuras de diálogo y concertación, las cuales, según Braud, permiten otorgar voz a las partes y moderar la violencia, "facilitando una transposición del conflicto al orden de las palabras y los argumentos".

Estas consideraciones nos invitan a preguntarnos sobre la forma en la que se gestionan los conflictos sociales en el Perú. Propongo algunas consideraciones rápidas, algunas de las cuales espero poder desarrollar en otra oportunidad:

  1. Sólo en tiempos recientes se empieza a pensar en la necesidad de un tratamiento especializado de los conflictos sociales, vale decir que no son suficientes los mecanismos tradicionales empleados para enfrentarlos (la represión o la negociación política con actores representativos). Esto se debe a los cambios que la propia conflictividad social ha tenido, especialmente en la última década.
  2. A partir de este reconocimiento, en los últimos años se ha desarrollado una institucionalidad pública para abordar situaciones de conflicto: desde "mesas de diálogo" ad hoc hasta la conformación de unidades especializadas. (Los mecanismos de concertación existentes en el país desde el gobierno de transición parecen orientarse más a la generación de acuerdos que al tratamiento de los disensos.)
  3. Si bien lo anterior se muestra como un avance en la institucionalización de los conflictos, mi impresión es que su proliferación ha sido desordenada, ha surgido presionada por la urgencia de situaciones críticas y no responde a una concepción de política pública para el tratamiento de los conflictos.
  4. Una política pública debiera darle al Estado capacidad para cumplir cabalmente al menos dos funciones: analizar y gestionar los conflictos. ¿Qué ocurre en la realidad?:
    • En la función de análisis ha avanzado a partir del reconocimiento de situaciones de conflicto; su necesidad ha sido alimentada por reportes, estudios de caso, investigaciones y un permanente seguimiento periodístico. Y si bien subsiste en funcionarios y políticos una valoración negativa del conflicto, al menos se admite como necesaria la conformación de equipos encargados de su seguimiento y de proveer información oportuna para prevenir desenlaces violentos.
    • La capacidad de gestión sigue siendo débil. En mi opinión, el Estado no cuenta con suficientes operadores técnicos y políticos para intervenir en los diversos escenarios conflictivos. Sin embargo, aquí la principal dificultad no es encontrar personas con la preparación necesaria para gestionar procesos de negociación, sino las limitaciones que estas negociaciones tienen para convertirse en decisiones políticas sobre los temas planteados por los conflictos. Este paso es tanto más difícil en la medida que requiere admitir un cuestionamiento a políticas en curso. Y ya sabemos - desde los famosos artículos sobre el "perro del hortelano" - cuál es la disposición del gobierno actual a modificar los lineamientos centrales de las políticas que promueve y defiende.
  5. Hasta aquí mi reflexión se ha centrado sobre el Estado. Debo agregar también que, en numerosas oportunidades, los propios actores sociales no se muestran interesados en acotar su acción de protesta a mecanismos institucionalizados de negociación. Razones hay varias y merecen un comentarios posterior más extenso.

Referencia: Philippe BRAUD. Violencias políticas. Madrid, Alianza Editorial, 2006.

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Modelos teóricos para explicar la violencia

Enlace permanente 9 de Septiembre, 2009, 23:03

¿Cómo entender el surgimiento de acciones violentas dentro de los conflictos? Philippe Braud, en un capítulo de su libro Violencias políticas, plantea un interesante resumen de las teorías más empleadas por sociólogos y politólogos.

Señala, en primer lugar, dos modelos frecuentemente usados aunque su nivel explicativo sea bastante limitado. Uno, que plantea una correlación entre la falta de recursos, la pobreza de su población y el nivel de violencia política; en otras palabras, cuando se sostiene que "la escasez objetiva, o subjetiva, tiende a exacerbar la agresividad y las violencias". Otro, que propone la cuestión de la desigualdad - real o percibida - como factor explicativo clave. Si bien el autor reconoce que ambos elementos, la escasez y la desigualdad, son elementos potencialmente explosivos, cuestiona estos modelos porque considera que "un planteamiento excesivamente monocausal impide comprender la complejidad de los fenómenos históricos".

Por eso resulta más interesante mencionar los otros dos modelos que, según Braud, obtienen mejores resultados explicativos. Por un lado, está la teoría de la frustración relativa: "Consiste en la brecha entre dos niveles de representaciones divergentes: el de la expectativa de conseguir bienes, que se considera legítima, y el de la posibilidad de obtener satisfacciones, que se tiene por indebidamente restringida". Dicha brecha, explica, está socialmente condicionada por un conjunto de factores que explican su origen, su intensidad y la probabilidad de deriva hacia una expresión violenta. En nuestro medio, un trabajo que se ubica en esta perspectiva es "Sendero Luminoso: Los hondos y mortales desencuentros", escrito por Carlos Iván Degregori en los años ochenta.

El segundo modelo es la teoría de la acción racional, según la cual "se considera a la violencia como un medio, entre otros, para hacer que prevalezca el punto de vista propio sobre el de los adversarios. Cuando estallan los conflictos, las partes movilizan recursos con el fin de situarse en posición de ganar o, al menos, de no perder terreno". Si bien una confrontación puede empezar en forma pacífica, puede llegar el momento en el que una de las partes considere el empleo de la violencia como un medio eficaz o necesario para conseguir lo que busca. Desde este punto de vista, la violencia no es producto de mentes calenturientas o de masas exacerbadas, sino fruto elegido luego de un "cálculo de utilidad" y cuyo despliegue requiere recursos organizativos y logísticos dentro de un proceso.

De este último modelo se puede inferir una consecuencia muy interesante para la acción política sobre los conflictos: si el empleo de la violencia constituye una opción "racional", los mecanismos para prevenirla pueden correr por la misma vía, vale decir, que sería deseable, al menos hipotéticamente, mostrar a los actores en conflicto la utilidad de resolver sus diferencias por vías pacíficas. Así, citando a autores como Anthony Oberschall y Charles Tilly, Braud concluye que la posibilidad de la violencia se reduce cuando la conflictividad está más "estructurada", por ejemplo a través de mecanismos de institucionalización de los conflictos. Volveré sobre esta idea en otro post.

Referencia: Philippe BRAUD. Violencias políticas. Madrid, Alianza Edutorial, 2006.

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